Los seleccionados mexicanos festejan el segundo gol anotado por Édgar Pacheco, el gol fue producto de una serie de errores de los defensores de Boznia, quienes prácticamente sirvieron el balón para que Pacheco definiera solo frente al portero. (Jam M
Los seleccionados mexicanos festejan el segundo gol anotado por Édgar Pacheco, el gol fue producto de una serie de errores de los defensores de Boznia, quienes prácticamente sirvieron el balón para que Pacheco definiera solo frente al portero. (Jam M
Por: EL UNIVERSAL
Atlanta, Ga.- La falta de trabajo fue compensada con fortuna y una pizca de efectividad a la hora cero. La era José Manuel de la Torre comenzó atropellada, con poco futbol, aunque salpicada de ese ingrediente que tanto ha faltado en los más recientes procesos tricolores: suerte.
La Selección Mexicana superó a la de Bosnia-Herzegovina (2-0) con más riñones que cerebro, valiéndose de los crasos errores de un equipo gitano, sobrado de talento y carente de orden.
Gris velada de Javier Hernández, a quien el ángel le bastó para abrir las llaves del triunfo. La presión que metió para buscar el rebote, tras fallar un penalti cometido sobre él, provocó el autogol de Miralem Pjanic (minuto 49). El tanto no fue suyo. Qué importó, la afición mexicana se lo agradeció como si hubiera sido el autor y por ello lo celebró efusivo.
Típica acción del "Chicharito", cargada de fortuna. El árbitro Jaír Marrufo ya había decidido repetir la jugada, el guardameta Kenan Hagasic se había adelantado, pero reculó al observar el balón dentro del marco. La ira balcánica se desbordó.
Emoción que marcó el prólogo de los vertiginosos 10 minutos regalados por el Tricolor, suficientes para sellar el triunfo. Édgar Pacheco firmó el segundo (54). Aprovechó la desconcentración de Mensur Mujdza.
Dos parpadeos y el cotejo finiquitado. El "Chepo" recobró la sonrisa que perdió durante el primer tiempo. Ni qué decir de Luis Fernando Tena y Salvador Reyes Jr., quienes lo acompañaron en su primera aventura como seleccionador.
El desempeño no fue el mejor. La gente pareció olvidarlo cuando llegó el silbatazo final de Marrufo.
La ovación retumbó en el Georgia Dome y las sonrisas se multiplicaron sobre el lienzo verde. Ninguna como la de José de Jesús Corona, quien retribuyó la confianza depositada por el
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